Vegarada… que pasada!!!!

Nuestra segunda salida de éste año, como no, en Vegarada. Crónica del segundo día Esquí Nórdico. Nos juntamos un grupo homogéneo, con ganas de probar los esquís, algunos repetidores. Empezamos con mucho cuidado, con los consejos de nuestro querido compañero Javier Gurpegui que tenía como misión orientarnos en ésta tarea. Pero enseguida empezamos a coger confianza unos más que otros, alguna que otra caída, pero no se nos quitaron las ganas de seguir. El día fue espectacular, una nieve cálida y mollar con muy buena temperatura que nos hizo falta quitarnos capas para poder seguir. Al arrancar la mañana y ya con unas nociones de éste deporte tan divertido, unos nos quedamos en las montañas tirándonos para coger confianza y otros decidieron ir al límite con Asturias. Estuvo genial, la compañía hizo mucho y aprovechamos el día a tope.

GRACIAS OJANCOS

A las letras: Lourdes Álvarez

Habían pasado un año y pocos meses desde que cumplí 40 tacos, celebración por todo lo alto en la que mis amigos de Villalba me regalaron unos crampones. No los había estrenado desde entonces pero se aproximaba la clásica anual invernal de Vegarada en León, de la que me habíais hablado maravillas, así que era el momento propicio de hacerlo. Tras entrar en lista de espera la cúpula internauta OJANCA confirmó mi inscripción; unido a que Rubén me prestaría su piolet-piolín, los astros se conjuntaron para lo que debía de vivir ese fin de semana…
Concretamente el domingo. No quiero dejar de mencionar el albergue y las cabañas, las cuales me imaginaba bucólicamente nevadas dadas las fechas y fotos de otros años que me mostrasteis, pero nada más lejos de la realidad en esta ocasión. Y la cabaña del Tío Tom, en la que nos alojamos el comando pililla en el cual fui consagrado tras engullir ad libitum toda clase de chacinas, torreznos, quesos cuyo olor enmascaró el de nuestros pies tras la ruta del sábado y cervezas majou y artesanales de todo tipo. Gracias a todos los montañeros de todas las edades que os acercasteis el sábado por la tarde a la cabaña ya que gracias a vuestra presencia pudimos batir el record Guiness (no, esta cerveza no la probamos) a la mayor ocupación de una cabaña, a modo de ‘Camarote de los hermanos Marx´.
Como os iba diciendo, lo fuerte me sobrevino el domingo. El madrugón, considerable. Tras un frugal desayuno, prosiguió una larga espera hasta que los ‘quince magníficos’ pudimos pertrecharnos de los ropajes y utensilios necesarios para la aventura que nos esperaba. Una vez en el punto de partida, comenzamos la ruta que cambiaría nuestras vidas, a través de la nieve que pudo atacarse en el llano inicial sin necesidad de raquetas.
Pa’rriba pa’rriba, bien abrigados al refugio de la sombra de las montañas nevadas, preciosas, continuamos un ascenso imparable, que no me impedía levantar de vez en cuando la mirada para contemplar unas vistas soleadas bajo un cielo totalmente despejado de cumbres impregnadas de una blancura inmaculada, solo rota por el oscuro color de las rocas emergentes, sólo aquellas que pudieran sobrevivir sin ser engullidas por la tormenta de nieve del día anterior. El día que siempre quisimos soñar.
La montaña siempre me ha infundido mucho respeto, y he de decir que me considero más cobarde-respetuoso que aguerrido a la hora de abordar nuevas experiencias, y esta se iba a convertir sin duda alguna en una de ellas. Rodeado de ese puñado de hombres-amigos, todos en una misma dirección y con un mismo objetivo, llámese naturaleza, llámese deporte o llámese espiritualidad, no cabía duda de que se aproximaba el momento de estrenar mis crampones. La técnica confiaba en aprenderla sobre la marcha, y es ahí donde mi confianza y fe ciega en los expertos de OJANCO que me acompañaban (entre los que destacaré al presi, al polifacético maestro-cantante-deportista y a Rulus) disipó mis miedos.
Parece que se ha puesto dura (la nieve). Me descolgué la mochila, de dentro de la cual aparté el piolet y busqué la funda de los crampones. ¡¡Ayvá!!. ¡¡Si existe crampón de pié derecho y de pié izquierdo…!!. R de Right (palabra de habla inglesa que contiene “i” de “i”zquierda, esa mi regla nemotécnica) y L de Left (con “e” de d”e”recha…). Polifacético me ayudó a enfundármelos, así como a ajustarlos debidamente. Otra serie de consejos cayeron, espetados por parte de aquellos compañeros que habían hecho un cursillo previo, al que sin duda alguna me hubiera gustado asistir, digo mejor, debiera haber asistido, más cuando alguien empezó a explicar qué había que hacer si caías y empezabas a deslizar por una ladera helada… Me recordó a cuando hice rafting por un río chileno hipercaudaloso (el Pucón, ¿o era el Villarica?) en pleno deshielo y el monitor nos indicó que cuando gritara ¡¡ cuerda ¡¡ había que tirar una maroma que estaba enrollada dentro de la balsa al remero caído a las bravas aguas, marrones, limosas…
Retomamos la marcha ascendente, atendiendo a las sensaciones. Caminar ladeado por una ladera (valga la redundancia) nunca fue agradable, los tobillos sufren mucho, pero menos con pinchos debajo de las botas. Iba clavando el piolet en la nieve o hielo de la ladera más próxima a mi vertical, confiando en él y a él mi vida, mucho más que a lo que los crampones pudieran contribuir. Este hecho hacía que me fuera desgastando, debiendo agacharme con cada inserción. Ni qué decir tiene que seguía las marcas de los pasos que iban dejando los compañeros que caminaban por delante. De modo contrario, me hubiera enfrentado a una ladera nevada sin pistas, muda. Sin embargo, las zetas dibujadas en ellas con anterioridad inmediata me permitían concentrarme en no perder la estabilidad, la adherencia, que he de confesar comprometida, sin motivo diferente al resto de los quince magníficos si no hubiera sido por mis crampones traidores, al menos así lo identificaba yo.
Es muy bonito, y está virgen (la nieve), pero Rodrigo por lo que más quieras no se te ocurra seguir mirando la ladera nevada y la caída que te espera si tus pies perdieran su anclaje. Porque eso supondría que, si el pánico no te invadiera en ese momento, tendrías que emplear una técnica nunca practicada sólo escuchada en el día de hoy por primera vez, consistente en, mientras caes: 1) Girarte de tal modo que de un golpe quedes boca abajo y con la cabeza más alta que tus pies 2) Posicionar el piolet (suponiendo que lo tienes bien cogido) entre el pecho y la ladera, clavándolo con todas tus fuerzas 3) Levantar las piernas a la altura de las rodillas de tal modo que los crampones no se claven en el hielo o nieve y puedas voltearte 4) Rezar un padre nuestro 5) Suponer que todo esto me ha parado 6) Etc etc…
El nerviosismo me bloqueaba, no hacía más que sudar la gota gorda. Las gafas se me empañaban pero no podía quitármelas porque la reflexión del sol en la nieve quemaría mis ojos, tan sólo podía alejármelas a modo de persona que sufre presbicia (presbítero, creo, no sé). Todo esto me iba minando las fuerzas, por lo que prefería ir el último y no retrasar a ninguno de mis compañeros. En realidad no quería que me agobiaran y sentirles detrás mía, y así poder parar a descansar cada vez que pretendía reponer fuerzas, respirar, o beber aquarius mezclado con agua del tubo de mi camel back. ¿Por qué demonios si piso con la puntera de los crampones éstos no se clavan?. Ni el izquierdo ni el derecho, me deslizo para atrás con ambos pies desmontando la capa de nieve caída del día anterior sobre el hielo. ¡¡Ah¡¡, que debo pisar inicialmente con la puntera pero luego con todos los pinchos de cada pié. Lo que yo pensaba….. Pero tampoco me funcionaba muy bien. Más consejos, más bloqueo y cansancio, blanco rodeándome…. ¿Invernal o infernal de Vegarada?.
En ocasiones el puro hielo impedía ver la marca que hubieran demostrado en el mismo mis antecesores. Sin embargo, un sexto sentido, que supongo tenía más que ver con la ergonomía y la optimización de la ley del mínimo esfuerzo, surgía desde mis adentros para indicarme el camino. Y cuando estaba perdido, allí aparecía mi salvador para animarme y recordarme la técnica, infundarme valor y ánimo, que acompañados de las hermosas vistas de altura blanca nevada, fría, me hacían avanzar hacia adelante, arriba.
Gracias a ese puñado de hombres, a su interés por mí, a sus explicaciones in situ a tiempo real, a los expertos OJANCOS, a mi afán de superación y a mi gran forma física en otras lides (y a mi modestia) puedo confesar que culminar el pico del “huevo” (2.155 m.s.n.m., que me costaron subir un huevo como su nombre indica) tal y como atestiguan las fotos tomadas ese día (19 de febrero de 2017) se ha convertido en un sueño hecho realidad, una demostración de superación y compañerismo que recordaré el resto de mi vida, y que podré contar en pocos años al hijo que Cristina y yo estamos esperando con gran ilusión.

A las Letras (MUCHAS!!): Rodrigo
A los mapas: El cuñao, el trump, el presi, Juan Sebastián “El Cano”
A las fotos: Quico, y Ramón, y otros pocos

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